BLOGGER TEMPLATES AND TWITTER BACKGROUNDS »

lunes, 11 de enero de 2010

La finca "El Señorío"

El día 23 me resultaba imposible del todo ir a “El señorío”. Hacía un frío horrible y, además, me dolía la garganta una barbaridad. Creo que esta vez sí que era la gripe A. Pero mi jefe es un ogro. No atiende a razones. Cuando lo llamé para explicarle el asunto, me expresó en términos de lo más tajantes e incluso rayando la hostilidad que tenía diez minutos para salir de la cama y poner rumbo a la finca. Él y sus amigotes llevaban esperándome allí tres días y estaban obcecados en que me personase.
- Pero, Dr. Valle, - es como llamo a mi jefe cuando quiero que sepa que estoy herida. Y esta vez se había pasado de la raya de largo - comprenderá que en la delicadeza de mi estado un golpe de frío puede resultar fatal.
- Daniela. De algo hay que morir. Si no estás aquí para la una y media te garantizo que tu estado va a empeorar drásticamente en cuanto te pesque.
- ¡Dr. Valle! – exclamé airada.
- Ni Dr. Valle ni caracoles en vinagre. Ven para acá de inmediato. Te repito que aquí hay seis personas que se han desplazado desde distintos puntos de las geografías española y portuguesa para intentar darle un empujón a tu dichosa tesis. Anteayer se nos cayó el Dr. Berenguer al río al tratar de recoger unas muestras de fluvisol y esta mañana, a las siete menos cuarto ya estábamos todos montando el simulador de lluvia.
La cosa pintaba regular y decidí que era mejor claudicar, porque el buen hombre lindaba el histerismo. Llamé a mi amigo Juanito, ya saben, ese que es tan rico y que siempre tiene tiempo libre. Es un encanto y enseguida se prestó a recogerme en su coche, que es fantástico y llevas el trasero exactamente a la temperatura que tú eliges con un mando con el que puedes hacer otro sinfín de cosas estupendas. Además tiene no sé que parentesco lejano con el dueño de "El señorío", por lo que se sabía bien el camino. Llegamos sobre las dos y cuarto. Enseguida avisté a mi jefe y al Dr. Berenguer en lo alto de un olivo. Eso es, ellos jugando a los indios mientras yo me debato entre la vida y la muerte. Les pitamos con energía, lo que los sobresaltó e hizo caer al pobre Dr. Berenguer.
- ¡Hola Daniela! - Saludó el Dr. Valle, emocionado. - ¡Ha llegado Daniela! – Comenzó a vociferar después. De distintos olivos fueron apareciendo caras familiares de edafólogos-geólogos. –Estábamos recogiendo muestras de frutos en distintos estados de evolución.
- Sí, seguro, – contesté con suspicacia mientras me apeaba del coche. – ¡Uy que frío! - En cuanto tomé contacto con el exterior me dispuse, aterida, a enmendar el error.
- Exactamente tres grados bajo cero. – sentenció el Dr. Valle, al tiempo que me agarraba del brazo impidiendo mi regreso al interior del vehículo. – No te vuelvas al coche, que tienes que hacerte unas fotos con el simulador.
- Quite, quite. Me añaden después con el Photoshop. – decía yo furibunda tratando de desasirme de él. Echaba de menos mi control del calor en el asiento. Todos tenemos un límite y el mío está en los ocho grados. Por debajo de eso no soy persona, no lo soy y ya está.
- Ni hablar del asunto. Ven para acá que todo el equipo te estaba esperando.
En efecto, a nuestro alrededor se habían congregado ya el grueso de los edafólogos-geólogos, con lo que me dispuse a saludarlos con efusividad. Y es que es verdad, yo les tengo mucho cariño. Sin embargo, tras casi quedarme pegada a la cara del primero y observar que del Dr. Berenguer colgaban dos estalactitas a la altura de la nariz decidí controlar mis impulsos.
- Bueno, mejor no os beso no vaya a contagiaros lo que tengo – les dije con ternura mientras agitaba la mano a modo de saludo alternativo.
- Gracias por venir, Daniela – exclamó el Dr. Ramos con emoción.
- De nada. De nada. Somos un equipo – respondí en plan complice.
- Venga, vamos a hacer esas fotos – intervino el Dr. Berenguer que señaló una especie de cabina telefónica que habían instalado a unos trescientos metros. Me pareció razonable y mis colegas y yo nos trasladamos hasta la cabina, donde me hice un montón de fotos con distintas temáticas, que si ahora una pala, que si ahora unos prismáticos, pero todas con la cabina de fondo. Estaban todos contentísimos, incluido el Dr. Valle.
- ¡Bueno! Pues ha llegado el momento de comer. Don Carlos, el dueño de la finca va a venir a tomarse unos bocadillos con nosotros para conocerte.
- Ya que me gustaría quedarme, ya – sentencié con cara de pena. – Pero me esperan en Granada. Una transfusión sanguínea, ¿sabe? – Ya os había dicho que por debajo de los ocho grados mi cerebro no funciona. Es lo primero que se me ocurrió, pero lo que me estaba a mi faltando era comerme un bocadillo mientras se me congelaba el trasero.
- ¿Una transfusión? ¿Donadora o receptora? - Preguntó preocupado el Dr. Berenguer.
- No puedo dar detalles, es un asunto muy personal – respondí mientras me subía al coche al que me había ido acercando con disimulo.
- Pero Dani, Don Carlos viene de Lucena.
- Ya ve usted, la rabia que me da, con la gana de conocerlo que tengo. – Dije poniéndome el cinturón y gesticulando disimuladamente a Juan a que arrancase.
- ¡Feliz Navidad Daniela!
- ¡Feliz Navidad a todos! – Y desde luego ha sido una Navidad original, porque poco después empezó a nevar y se quedaron incomunicados en la hacienda de Don Carlos. Aquello debe estar espectacular nevado. Debió de ser como pasar la Navidad en Canadá, pero mi jefe nunca está contento con nada. Cuando lo llamé el día 25 para felicitarlo no solo no estaba satisfecho sino que me pareció casi hostil. A saber que me encuentro cuando vuelva de las vacaciones.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Escribes bien, joia!
Un saludo.

fermin,c.g. dijo...

De lo mejorcito que he leido de Daniela...¡En estado puro!...